
PARTE 1
—No nací para cuidar a una mujer embarazada ni para enterrarme en este rancho. Arréglatelas sola.
Eso fue todo lo que Mauricio dejó escrito antes de desaparecer.
Ni una despedida. Ni una explicación. Ni una sola palabra para la hija que Emilia llevaba cinco meses cargando en el vientre.
Tres semanas después, Emilia seguía guardando aquella nota en el cajón de la cocina de la pequeña casa que había heredado de su madre, en las afueras de Arteaga, Coahuila. No porque quisiera conservarla, sino porque todavía no encontraba fuerzas para romperla.
Tenía treinta y cuatro años, la espalda adolorida, las manos agrietadas por trabajar la tierra y suficientes deudas para perder el sueño durante años.
Su madre, doña Teresa, había muerto dos meses antes.
Mauricio había esperado apenas unas semanas para irse.
Y ahora Emilia estaba sola.
Aquella mañana estaba quitando maleza alrededor de los rosales de su madre cuando una sombra cayó sobre la tierra húmeda.
Levantó la vista.
Un hombre de unos cuarenta y tantos años estaba frente a la reja con dos maletas.
Era alto, de cabello oscuro salpicado de canas y llevaba una chamarra cubierta de polvo del camino.
Emilia sostuvo la azada con ambas manos.
—¿Busca a alguien?
El desconocido tragó saliva.
—A usted.
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