
El pequeño se llamaba Mateo. Tenía apenas siete años y un corazón tan noble que todo el pueblo en la sierra de Durango lo quería como si fuera suyo. Tres días antes, Mateo se había perdido en lo más profundo del bosque durante una tormenta helada. Cuando los rescatistas y los vecinos por fin lo encontraron al pie de una barranca, su cuerpecito estaba rígido, azulado por el frío extremo y sin rastro de pulso. El viejo médico del pueblo, con lágrimas en los ojos, firmó el acta de defunción diciendo que su corazón simplemente se había detenido por la hipotermia severa.
Durante toda la ceremonia, doña Elena, la madre de Mateo, había estado de rodillas sobre el lodo helado, abrazando su rebozo negro y llorando tan bajito que apenas se escuchaba su aliento. A su lado, don Julián, el padre, un hombre de campo curtido por el sol y el trabajo duro, miraba fijamente hacia los pinos cubiertos de neblina con los puños apretados dentro de su chamarra. Nadie lloraba en voz alta; el respeto y el dolor eran tan pesados que hasta el viento parecía haberse detenido entre las cruces del panteón.
Cuando los sepultureros terminaron de echar las últimas paladas de tierra húmeda sobre el pequeño ataúd de pino blanco y colocaron encima las coronas de flores blancas, el sacerdote cerró su Biblia y murmuró la última bendición. Fue justo en ese instante cuando el silencio del cementerio se rompió.
Un crujido seco vino desde los matorrales que colindaban con el bosque. De entre la niebla espesa surgieron tres sombras enormes. Eran lobos grises de la sierra, animales que rara vez bajaban al pueblo y que jamás se acercaban a los humanos.
La gente soltó gritos de pánico. Las mujeres retrocedieron tropezando con las piedras y los hombres buscaron palos, piedras o las mismas palas de los sepultureros para defenderse. Pero los lobos no miraron a nadie. Ni siquiera mostraron los colmillos. Al frente iba una loba enorme, con el pelaje plateado lleno de cicatrices y una mancha blanca en el pecho. La loba corrió directamente hacia el montículo de tierra fresca, apartó las coronas de flores de un zarpazo y comenzó a escarbar con una desesperación feroz.
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