
Los otros dos lobos se colocaron a los lados, gimiendo de una forma extraña, casi humana, y también empezaron a hundir sus garras en el lodo, lanzando la tierra hacia atrás con una urgencia que helaba la sangre.
—¡Fuera de aquí, bestias del demonio! —gritó don Fermín, el comisario del pueblo, levantando una pala de hierro y avanzando para golpear a la loba—. ¡No van a profanar la tumba del niño! ¡Aléjense!
Varios hombres corrieron tras él con piedras en las manos, listos para apedrear a los animales. Los lobos no se movieron ni retrocedieron; la loba del pecho blanco simplemente hundió el hocico en la tierra y pegó la oreja contra el suelo húmedo, soltando un aullido agudo, desgarrador, antes de seguir cavando aún más rápido, hasta que sus garras empezaron a sangrar por las piedras del terreno.
Don Julián, que había estado paralizado viendo la escena, sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Sus ojos se abrieron de par en par al fijarse en la mancha blanca del pecho de aquella loba y en la forma en que el animal escuchaba la tierra. Un recuerdo le golpeó la mente como un rayo.
—¡Quieto todo el mundo! ¡Nadie toque a esos animales! —rugió Julián con una voz tan potente que resonó en todo el valle.
Se lanzó hacia adelante, empujando a don Fermín para quitarle la pala de las manos, y cayó de rodillas junto a la loba. El animal, lejos de atacarlo, se apartó apenas unos centímetros y lo miró directamente a los ojos con sus pupilas amarillas llenas de angustia.
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