
—Mamá, bébaselo. El médico dijo que a su edad la deshidratación nocturna es la principal causa de sus mareos y de esas lagunas mentales que le dan por la tarde. No querrá terminar internada otra vez, ¿verdad?
Con esa sonrisa fingida, Rebecca me extendía el vaso de cristal frío. Yo lo tomaba con manos temblorosas, agradecida por sus supuestas atenciones, y me bebía hasta la última gota. Quince minutos después, un peso descomunal caía sobre mis párpados. No era un sueño natural; era un apagón súbito, un pozo negro y espeso del que no despertaba hasta las diez de la mañana del día siguiente, con la boca seca como la cal, un dolor de cabeza punzante y el cuerpo completamente entumecido.
Durante semanas le achacaba ese letargo a mis setenta y cuatro años y al desgaste inevitable de la vejez. Pensaba que mi mente se estaba apagando, tal como Rebecca le repetía a mi hijo Michael cada vez que él regresaba del trabajo: «Tu madre está perdiendo la memoria, Michael. Hoy volvió a dejar la estufa con la perilla abierta; ya no puede quedarse sola». Michael me miraba con preocupación y tristeza, mientras yo bajaba la cabeza, avergonzada de sentirme un estorbo en mi propia casa.
Pero hace cuatro días, todo cambió.
Desperté a las once de la mañana con un dolor punzante en la mano derecha. Al mirarme debajo de la sábana, vi mi muñeca y mis dedos completamente envueltos en gasa médica y cinta adhesiva gruesa. No podía mover el pulgar sin sentir una quemadura ardiente.
Bajé a la cocina con el corazón latiéndome con fuerza. Rebecca estaba tomando café en la barra, revisando catálogos de viajes en su tableta.
—Rebecca… ¿qué me pasó en la mano? —le pregunté, mostrándole el vendaje—. No recuerdo haberme golpeado.
Ella ni siquiera despegó los ojos de la pantalla. Soltó un suspiro de fastidio y me miró con una lástima tan ensayada que me heló la sangre.
—Ay, mamá, ¿ya lo olvidó otra vez? Anoche a las dos de la mañana se levantó a tientas al baño, se tropezó con la cómoda y tiró el espejo de mano. Se cortó feo con un cristal roto. Yo me levanté por el ruido, le desinfecté la herida y se la vendé para que no manchara las cobijas. Se lo dije anoche tres veces, pero estaba tan ida que ni cuenta se dio.
Me quedé en silencio. Mis ojos buscaron la cómoda de mi habitación: estaba impecable, sin un solo rasguño, y mi espejo de mano seguía en el cajón. Además, yo no tenía una cortada en la palma; el dolor se concentraba exclusivamente en la yema de mi pulgar derecho.
Esa tarde, cuando Rebecca salió al supermercado, me encerré en el baño y me quité el vendaje con cuidado. Lo que encontré me dejó sin aliento. No había ninguna cortada profunda por vidrio. La piel de la yema de mi pulgar estaba enrojecida, raspada violentamente con lo que parecía una lija o una navaja fina, pero debajo del raspón y alrededor de la cutícula quedaban restos inconfundibles de una sustancia oscura y pastosa: tinta negra indeleble. Tinta para huellas dactilares notariales.
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