
En ese instante comprendí que el agua de todas las noches no era hidratación: eran somníferos. Y mientras yo yacía inconsciente en mi cama, alguien estaba utilizando mi cuerpo para firmar mi propia ruina.
No le dije nada a Michael. Mi hijo adoraba a su esposa y estaba cegado por cinco años de matrimonio; si yo lanzaba una acusación sin pruebas, Rebecca me haría pasar por una anciana senil al borde de la demencia. Necesitaba la verdad grabada en piedra.
Caminé despacio hasta la tienda de electrónica de la esquina, atendida por el nieto de una de mis mejores amigas de la iglesia. Con mis ahorros de la pensión, compré un pequeño reloj despertador digital que llevaba una microcámara oculta de alta definición con visión nocturna y sensor de movimiento. Lo instalé sobre la repisa de libros frente a mi cama, apuntando directamente hacia el buró y la puerta de entrada.
Esa noche, a las nueve en punto, la puerta se abrió.
—Aquí tiene su agua, mamá —dijo Rebecca, entrando con su paso ligero y entregándome el vaso.
—Gracias, hija. Eres muy buena conmigo —le respondí, fingiendo una sonrisa dócil.
Me llevé el vaso a los labios, di un trago grande manteniendo el líquido en la boca y, en cuanto ella se dio la vuelta para acomodar las cortinas, escupí el agua rápidamente dentro de un pañuelo grueso que tenía escondido bajo la almohada. Fingí bostezar dos veces, me acomodé de costado y cerré los ojos.
A los diez minutos comencé a respirar de forma pesada y pausada, simulando el trance profundo de todas las noches.
Pasaron las horas. A la una y media de la madrugada, el pomo de la puerta giró despacio, sin hacer el menor ruido. Apenas entreabrí los ojos bajo las pestañas: Rebecca entró a la habitación vestida con ropa oscura. No venía sola. Detrás de ella caminaba un hombre de traje gris con un portafolios de piel bajo el brazo.
Cerré los ojos con fuerza y contuve la respiración.
Escuché el sonido de hojas de papel extendiéndose sobre mi mesita de noche. Rebecca se acercó a mi cama, me tomó el brazo derecho con brusquedad y me levantó la mano.
—¿Está bien dormida? —preguntó el hombre en un susurro nervioso.
—Como un tronco. Le dupliqué la dosis de clonazepam en el agua —respondió Rebecca con una frialdad repugnante—. No se va a despertar ni aunque le dispares al lado de la oreja. Apúrate con los sellos.
—Rebecca, esto es sumamente arriesgado —dijo el hombre—. Si el Registro Público detecta que la firma no coincide…
—Para eso trajiste la almohadilla de huellas, idiota —replicó ella entre dientes—. La vieja tiene artritis severa en los dedos; la cláusula notarial estipula que estampa su huella digital porque ya no puede sostener la pluma. Ya tenemos la cesión del departamento de la colonia Roma y la autorización para liquidar el fondo de inversión de su difunto esposo. Solo falta la escritura de esta casa.
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