
PARTE 1
La mañana en que Adrián Llorente encontró a su madre arrodillada ante un lavadero de piedra, con las manos agrietadas por el agua helada y varias sábanas ajenas apiladas a sus pies, comprendió que sus transferencias mensuales no habían comprado tranquilidad: habían financiado una mentira.
Adrián tenía 37 años y se dirigía en Madrid una empresa de rehabilitación de edificios que acababa de ganar su contrato más importante. Vivía entre reuniones, aeropuertos y presupuestos. Cada mes autorizaba 1.200 euros para Teresa, su madre, que seguía en un pequeño pueblo asturiano cerca del Sella. Clara, su esposa, se encargaba de los asuntos familiares y Sergio Valdés, director financiero de la empresa, ejecutaba los pagos.
—Tu madre está bien —le repetía Clara—. Le sobra para vivir allí.
Adrián quiso creerlo porque creerlo era cómodo.
Un jueves se canceló una reunión en Bilbao y decidió conducir hasta Asturias sin avisar. Llegó de madrugada, durmió unas horas en una pensión ya las 6:20 camino hasta la casa donde había crecido. La puerta estaba cerrada.
Julián, el vecino jubilado que podaba un limonero al otro lado de la calle, lo miró con una mezcla incómoda de alivio y reproche.
—Tu madre está en el lavadero, junto al río. Como cada mañana.
Adrián tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Como cada mañana?
Julián dejó las tijeras.
—Lleva casi 2 años.
El camino descendía entre castaños húmedos. Antes de ver el agua, Adrián oyó el golpeteo de la ropa contra la piedra. Teresa estaba de espaldas, más delgada de lo que él recordaba. Lavaba sábanas de una casa rural mientras otra mujer enjuagaba toallas. Sus dedos estaban rojos. A ratos se detenía para secarse las lágrimas con el antebrazo y después seguía trabajando.
Adrián no se acercó.
Continúa en la página siguiente