
Volví a casa con Julián y encontré, dentro de un armario, una caja metálica de galletas. Había 39 cartas que Teresa nunca había enviado. En una hablaba de una factura eléctrica atrasada. En otra, de unas pastillas que había partido por la mitad para que duraran más. Todas terminaban igual: “No se lo diré a Adrián. Tiene demasiado encima”.
La carta 17 le helo la sangre.
“Hoy llamé. Contestó Clara. Dijo que estabas de viaje, pero escuché tu voz al fondo. Luego me pidió que dejara de insistir”.
Adrián siguió leyendo hasta encontrar una hoja sin número.
Solo tenía 2 líneas.
“Clara vino al pueblo. Me dijo que, si volvía a llamarte, conseguiría que pensaras que yo estaba perdiendo la cabeza”.
Y debajo, escrito con tinta temblorosa:
“Creo que ya sé por qué nunca recibo tu dinero”.
PARTE 2
Adrián regresó a la pensión y llamó a Laura Montalbán, la abogada que había protegido su empresa desde el primer proyecto. Revisaron 24 meses de movimientos. Los 1.200 euros salían puntualmente, pero nunca llegaban a Teresa: terminaban en una cuenta puente administrada por Sergio y, horas después, pasaban a otra cuenta vinculada a Clara.
La suma superó los 28.000 euros.
Adrián sintió vergüenza antes de rabia. Había preguntado muchas veces si su madre necesitaba algo, pero nunca había comprobado una sola transferencia.
A mediodía volvió a casa. Teresa lo recibió sonriendo y escondió las manos en los bolsillos del delantal.
—Aquí estoy estupendamente, hijo. No gastes más en mí.
Él estuvo a punto de mostrarle las cartas, pero se contuvo.
Esa tarde, Julián apareció con varias fotografías tomadas 7 meses antes. En ellas, Clara estaba junto al lavadero, con un abrigo rojo, hablando frente a Teresa. Una mujer del pueblo confirmó la frase que había escuchado:
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