
—Por si un día vienes con prisa y necesitas gasolina.
Adrián bajó la cabeza.
Su madre había estado contando monedas mientras reservaba dinero para un hombre que podía comprarse 10 coches sin mirar el precio.
Aquella tarde Clara llamó.
— ¿Cuándo vuelves? —preguntó con una voz dulce, perfectamente normal.
—Mañana tal vez.
—Sergio dice que hay un problema con sus claves.
—Lo revisaré.
Hubo una pausa.
—Adrián, no te metas ahora en temas contables. Estás cansado. Disfruta de tu madre.
La frase fue tan precisa que confirme todo.
—Eso estoy haciendo —respondió él.
Clara no sabía que la llamada estaba siendo registrada con autorización de Adrián para entregarla a su equipo jurídico como parte de la cronología del caso.
Media hora después, Sergio intentó acceder 6 veces al sistema bloqueado. Luego llamó a Álvaro. Laura escuchó desde el altavoz.
—Borra los correos antiguos y desaparece unos días —ordenó Sergio—. Clara dice que Adrián está haciendo preguntas.
Álvaro miró a su hermano antes de responder.
—Ya es tarde.
Al otro lado hubo silencio.
Sergio Colgó.
La última pieza llegó de Teresa sin que nadie se la pidiera.
Esa noche Adrián se sentó con ella frente a la cocina apagada y colocó la caja metálica sobre la mesa.
Teresa dejó de sonreír.
No preguntó cómo la había encontrado.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó él.
Ella pasó la mano sobre la tapa de la caja.
—Porque cada vez que llamabas parecías cansado. Siempre estabas entrando a una reunión, saliendo de un aeropuerto o resolviendo un problema. Yo pensaba que aquello sería temporal.
—¿Y cuando dejó de ser temporal?
Teresa tardó en contestar.
—Entonces apareció Clara.
Adrián no dijo nada.
Teresa contó que Clara había llegado al pueblo 7 meses antes. No entró en la casa. La buscó directamente en el lavadero. Le aseguró que Adrián estaba harto de sus llamadas y que había pedido mantenerla alejada de sus asuntos.
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